La coneja

Brincos de pensamiento y afectos…

Como muchas veces ha sucedido —y lo saben tan bien Alicia (Carroll, 2010) y Neo (Wachowski & Wachowski, 1999)—, todo esto comienza con una coneja que me invita tramposamente a ir tras ella. Lo que sigue es evidente: me caigo en un abismo y estas palabras son testimonio de ello, además de que, de forma inquieta, son también una invitación a jugar en otros mundos y con otros que deseen sumarse a la caída.

Nadie le preguntará a Alicia de dónde rábanos¹ salió el conejo blanco, pero sí me han preguntado más de un par de veces por qué apareció el tapetí que me arrastró por las sendas de mi propio continente. Sin embargo, el problema es el mismo: los conejos aparecen de pronto y con fines siniestros.

Conejo blanco de Alicia según la interpretación de Disney (Geronimi, Jackson & Luske, 1951).

Conejo blanco de Alicia según la interpretación de Jan Švankmajer (1988).

“[…] naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito” (Cortázar, 2006).

Los planes bien estructurados y racionales del narrador en el cuento “Carta a una señorita en parís” (2006) de Cortázar se veían interrumpidos cuando, de la nada, vomitaba conejitos en un contexto bastante inoportuno que, pese a todos sus intentos de contención, terminaban por revelar los rastros de aquellas pequeñas criaturas caóticas y destructivas. Sin importar cuán bien se razone una realidad, siempre puede aparecer un conejito para arruinarla.

El encuentro con el conejo es inherente a una colisión inminente con un punto de crisis ontológica. Alicia terminó por confundirse sobre su propia identidad y, en total contraste, dicho narrador de Cortázar tuvo que reconocerse desde su condición particular para comprender la inhabitabilidad del contexto en el que se había inscrito.

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La génesis ontológica que porta esta criatura se hace visible en el jeroglífico de ser y existir en el Antiguo Egipto, pues estaba compuesto por una forma lepórida.

Por supuesto, se trata de un espécimen que, diluido en el imaginario popular con la liebre, cuenta con una existencia física en algunos ecosistemas del mundo, pero, a la par, ha constituido una serie de asociaciones, a través de imágenes y metáforas, con elementos propios de la cultura humana, catalizados en su figura, que hacen de ella un signo diverso (Rodríguez Peinado, 2011).

Así, se la asocia con aspectos propios de un contexto u otro en las diferentes culturas, entre los que se destaca su relación con la fertilidad, la reproducción, lo incontenible y la luna (Rodríguez Peinado, 2011). Es decir que, justo como lo explica W. J. T. Mitchell (1994) sobre las imágenes, que nunca existen en un estado simple o inocente, sino que conllevan todo un bagaje de codificación cultural y simbólica en la mirada, los conejos han sido uno de esos motivos que, al transformarse en figura, capturan relatos de lo humano y los arrastran a una suerte de espejo de otredad.

Aunque no se sostenga siempre en el espectro de culturas y representaciones el significado directo relacionado con el ser que guardaba en el Antiguo Egipto, sí es común esa tensión con rasgos de las acciones y formas de ser de lo humano que envuelve el imaginario del conejo y pone en crisis sus performancias al revelarlas desde su otredad animal. Eso es lo que le concierne principalmente a este proceso de investigación y de creación, pues, más allá de la criatura, es una imagen reiterativa en mis prácticas de creación y consumo de lo visual que, como metaimagen, está cargada de sentidos socioculturales que me atraviesan.

Más a menudo de lo que podría esperar, también vomito conejitos.

De allí nació el relato de Kersi: odiaba tanto mi clase de animación que, contra toda probabilidad, perdí temporalmente mi habilidad escritural y, ante el modelo perfecto de coneja de peluche que tenía enfrente, opté por dibujar a una coneja que habita el estado crítico de un mundo en destrucción, mientras que tiene que lidiar con una guerra sin sentido entre Henry Ford y el Che Guevara.

Lo que siguió fue una bola de nieve que convirtió a Kersi en una coneja que acompaña una serie de finales del mundo de los que no puede escapar y, en consecuencia, está atrapada en la inevitabilidad de la muerte.

Fragmento del PressKit de mi libro interactivo Todo el mundo quiere dominar el mundo, protagonizado por Kersi, 2022.

Y eso me llevó a dibujarla más que a cualquier otro motivo. Una coneja por cada fotograma. Luego una coneja por cada pintura.

Siete de nueve, pintura que hice de Kersi como cíborg, en acrílico sobre cartón, 2023.

Así, su imagen se volvió parte de mi repertorio visual, pero también narrativo. Kersi se expandió, como un virus informático, a cada imagen de conejo que descargo de forma compulsiva de diferentes lugares de internet, las cuales envío a las personas con las que acostumbro a comunicarme, quienes ya saben quién es ella y cómo se trata de una suerte de iteración de mí que, aunque es una otredad, cataliza mis reacciones ante lo cotidiano.

Es, por eso, la coneja de lo absurdo, del tiempo, del espacio, del fin del mundo —o de sus inicios—, de lo posible, de la ruptura de realidades y de mí misma.

Ella me arrastra, como un juego, por los múltiples caminos de lo posible, mientras yo intento atraparla en la inevitabilidad de la vida.

Anónimo. Dos liebres desollando a un hombre, ca. 1302–1316. Marginalia del manuscrito Metz Pontifical, MS 298, fol. 74r. Fitzwilliam Museum, Universidad de Cambridge.

Cuando aparecen conejos en las drôleries[2], anuncian que el lector se ha adentrado en un mundo al revés, en el cual se invierten las normas de acción de los sujetos —humanos y animales— y se generan, así, horizontes de existencia de lo imposible (Marshall, 2019).

Así, el conejo se vuelve un signo de inversión de papeles y, con ello, de expectativa ante el mundo, que permite, desde la imagen, dislocarlo de sus ejes para adentrarse en lo absurdo. O, más bien, el conejo despliega estrategias de hacer absurdo al mundo mismo para entenderlo desde otro lugar. Y, así como lo hacían los medievales desde el dibujo, que resulta un poco siniestro, yo lo hago desde los memes.

Meme de una coneja, con la que me identifico, frente al computador, el cual envié, como tantos otros, a algunas personas con las que me comunico.

El pachakuti[3] tiene un espíritu lepórido. La transformación del todo que generó el sistema colonial, con sus sistemas de dominación cultural y epistemológica, encuentra resistencia desde las imágenes dibujadas de Guamán Poma de Ayala, que, desde la lectura de Silvia Rivera Cusicanqui (2018), revelan las capas ch’ixes de la rearticulación del mundo: aquello que resiste se encuentra en las contradicciones manifestadas en una autopoiesis que no permite una definición dócil del mundo, sino que abraza su propio estado crítico, hogar de la yuxtaposición de elementos que, sin mezclarse de forma pasiva, constituyen nociones otras de mundo.

 Debe ser por eso que los tapetís[4] construyen sendas en lugar de madrigueras.

Kersi es mi forma de potencia e interpela mis vías de construcción de imaginarios.

Victoria Dickenson (2014) explica que los ojos negros y profundos de los conejos les han otorgado una relación con lo sobrenatural que comparten en varias culturas, a través de una estrecha relación con la imaginación y, también, con lo inquietante, que ha llevado a su multiplicidad de representaciones en diversas sociedades. Y esto puede sumergirse en abismos mucho más perversos, como en el poema de Lord Alfred Douglas que ella misma recoge (Dickenson, 2014):

The Rabbit has an evil mind

Although he looks so good and kind.

His life is a complete disgrace,

Although he has soft a face.

Fotogramas del anime Re:Zero (Watanabe, 2020-2021), donde aparece el Gran Conejo, una bestia infinita e incontenible que devora humanos.

Ícono y captura de pantalla del conejo gigante de Holic Online (MGame, 2008), que aparecía en la llanura para atacar ferozmente a los jugadores indefensos de bajo nivel.

Captura de pantalla de mi personaje sobre Rabbit’ath, montura del videojuego World of Warcraft (Blizzard Entertainment, 2026).

Un mundo al revés puede causar inquietud y angustia porque muestra la débil estructura de lo real y lo fácil que es caer —de forma inevitable— por un agujero de conejo, que resulta tan feroz y siniestro como suave y tierno. No es fortuito que fuera la criatura elegida para traducir la existencia de Xal’atath, emisaria del Vacío, quien llega a Azeroth —mundo principal de World of Warcraft— para anunciar un cambio de orden en la existencia, así como Kersi lo anuncia en su propio contexto, aunque sus coterráneos no la escuchen.

Por ello, el conejo habita la delgada frontera entre el despliegue de lo posible y lo aterrador que resulta enfrentarse a esas potencias otras de lo real que le son tan propias al juego —y al arte—, pues, como explica Mark Hawthorne (2021), en el conejo, como signo visual y cultural, se proyectan dimensiones de la mente que suelen involucrar a un espíritu juguetón.

Rabbit, escultura en acero inoxidable de Jeff Koons, 104,1 × 48,3 × 30,5 cm, 1986.

El conejo habita las madrigueras de lo lúdico para poner a dialogar aquello que resulta tan contradictorio como un globo hecho de acero inoxidable. Es la existencia en brincos que aparece para arrasar con las estructuras de orden que sostienen las normas de lo real.

Salto de conejos de gomita, animación en stop motion que hice en el proceso de este proyecto, 2026.

Cuando escribo a mano mi nombre, Lillygumy, siempre le dibujo orejas de conejo a la letra «g». También lo hago cuando escribo mi primer apellido, Unigarro. Por ello, en el encuentro con los conejos de gomita —que es la base de lo gumy como materia prima—, se desplegó su contemplación como pequeños múltiples de mí que hacen material la imagen que tengo de mi existencia virtual.

Siempre me ha irritado un poco la noción de lo humano y, por eso, nunca me he sentido cercana a ella. Desde mis juegos, creaba personajes que, de una u otra forma, se podían transformar en animales o tenían características de ellos, práctica que reiteré en los videojuegos, donde jamás he hecho para mí —mientras exista un mínimo de posibilidad de elección— un personaje humano. Tengo, así, una tendencia a crear personajes animales, antropomorfos, zoomorfos, furros, entre otras denominaciones, y, además, me gusta ponerles un par de orejas —extra— de conejo, siempre que sea posible.

Captura de pantalla en la que aparezco con mi personaje Koshare, junto con mi amiga Kiara —mientras vestimos, como gemelas, trajes colombianos, orejas de conejo y alas rosadas— y con mi mascota digital Gomelito, en el videojuego en línea Expedición Holic 2 (ETB, 2009).

Rosi Braidotti explica, desde lo poshumano, que es imperante establecer una mirada crítica hacia la noción de lo humano que carga, consigo, cánones y normas de una modernidad occidental, la cual ha generado tales medidas para establecer parámetros de una sola idea de humanidad como válida y, en consecuencia, ha generado dinámicas de otredad y de segregación que ponen en punto de crisis a la humanidad consigo misma (2015). Por esta razón, ella encuentra tan necesario el devenir otredades, ya sea desde lo tecnológico o desde las especies que nos rodean, pues, permite comprender nuestra existencia a partir de lógicas diversas que amplían nuestra capacidad ontológica y generan otras vías posibles de relación con lo otro, que no están atadas a cánones de medida rígidos (Braidotti, 2015).

Yo habito la línea fronteriza de un poshumanismo en el que me entiendo desde devenires animales, pero a través de corporeidades digitales que me permiten performar desde mis acciones virtuales.

Elegí, así, a mi coneja para invitar a un juego que, sin dejar de causar el vértigo de lo siniestro, represente una forma de interrelación con la idea de lo viviente que, cercano a mis afectos, se aleja de la noción de lo humano como norma para acercarse a las prácticas de interacción que nos permiten jugar con —y como— otro y esperar que nos responda, aunque no siempre desde un mismo sistema semiótico. De allí la magia del conejo como imagen.

Ella, como expliqué al inicio al hablar del conejo como noción, no pretende fingir que es una coneja física, sino que se reconoce como criatura digital, hecha a partir de imágenes de píxeles, lo cual constituye un cuerpo como extensión del mío que invita al otro, pero que, a la vez, involucra a este en su propia identidad, que se proyecta en la imagen interpelada por sus movimientos.

Responde, así, a la naturaleza de una coneja que cae en un abismo junto con quien decida seguirla, para crear en su recorrido madrigueras de lo posible donde caben mundos enteros y formas, moldeadas por ella, que ponen de cabeza la realidad.

Y, como bien lo señala la canción de Jefferson Airplane:

And if you go chasing rabbits, and you know you’re going to fall […]

Feed your head […]

(1967).


[1] Los rábanos son la comida favorita de Pedro el Conejo (Potter, 1996).

[2] Ilustraciones marginales en manuscritos iluminados medievales.

[3] Transformación del todo.

[4] Especie de conejos exclusiva de Latinoamérica.

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